No temas la perfección, nunca la alcanzarás…

La frase del célebre Salvador Dalí resume perfectamente lo que quiero transmitir: La perfección es inalcanzable. Entonces ¿por qué muchas personas la convierten en su meta vital?

«Muchacha en la ventana» de Salvador Dalí

 

En mi práctica profesional como Coach, me encuentro con muchos casos en los que el listón que se pone el cliente es tan alto que cualquiera de sus acciones parecen siempre incompletas, pobres o insuficientes. Esta búsqueda de la perfección lleva en muchos casos irremediablemente a una baja valoración de si mismos y una pérdida de autoestima. Es un círculo vicioso del que es difícil salir: altas expectativas, baja valoración. Este esquema, además, está presente con demasiada frecuencia en las mujeres. Sea por exigencias externas o exigencias autoimpuestas, las mujeres tendemos a buscar la perfección en las distintas facetas de la vida y ello nos provoca una enorme malestar y nos aleja de la felicidad. Esto se puede acentuar aún más en el caso de mujeres con hijos, las responsabilidades de duplican y con ellas las presiones para llevar a cabo a la perfección el papel de «super mamá» (os recomiendo mi artículo «El mito de la super mamá» publicado en la web Charhadas)

Perseguir algo que es inalcanzable es una auténtica pérdida de tiempo y energía y, por ello, os propongo unas pautas para que nuestras metas sean realistas y alcanzables, aunque imperfectas:

Empieza a valorar en su medida las cualidades que ya posees y felicítate por ellas. Siempre podrás saber más y hacer las cosas mejor, pero ya cuentas con grandes recursos de los que te deberías sentir satisfecho. Haz una lista de las cosas que mas valoras de ti o que piensas que los demás también pueden apreciar. Ya eres grande tal y como eres.

Aprende a hacer uso de tu propio criterio en la toma de decisiones. Sigue tu propio instinto y piensa por ti mismo porque sólo tu conoces lo que es mejor para ti en cada momento. Con esto no quiero decir que te cierres a opiniones ajenas o que no las tengas en consideración, sino que te escuches también a ti y a tus necesidades, y que centres tus decisiones en aquello que pueda aportar valor a tu vida. Vive la vida que quieres vivir, no la vida que los demás hayan diseñado para ti.

Establece tus metas de una forma realista y alcanzable. En mi entrada «Algunos consejos para que tus propósitos de año nuevo se hagan realidad», os indicaba algunas pautas para definir adecuadamente los objetivos personales o profesionales y hacer un plan de acción.

Considero que marcarse nuevos retos y mejorar nuestra actual versión de nosotros mismos, es algo loable. Sin embargo, pienso que hay que medir el grado de autoexigencia para que el camino hacia la mejora sea un reto agradable y no un cúmulo de sufrimiento y decepciones.

Este tema me parece especialmente importante para todos los que tenéis la responsabilidad de educar a niños. A veces presionamos en exceso a los pequeños para que se conviertan en la imagen que hemos creado de lo que queremos que sean, sin considerar sus propias inquietudes, talentos e intereses. Queremos «hijos perfectos» y, consciente o inconscientemente, empezamos a sembrar en ellos esa actitud de autoexigencia que tanto nos hace sufrir. 

Hay un libro infantil (lectura para niños de 5 a 8 años) del autor Jimmy Liao, editorial Barbara Fiore, que trata de este tema: 



Os dejo con la Sinopsis del libro:

«Hola a todo el mundo, me llamo Perfecta Nueno. Ese es el nombre que me pusieron mamá y papá. Dicen que cuando yo era niña, tanto de cara como de espalda, despierta o dormida, riendo o llorando, les parecía perfecta.Pero a medida que fui creciendo, la cosa cambió…Las exigencias de mis padres y de mi escuela fueron en aumento. Estoy tan cansada que tengo ganas de gritar:»!No soy una niña perfecta!»Quiero que sepáis que en el mundo hay muy pocas personas que se sientan tan imperfectas como yo. Por eso le he echado valor y he saltado a escena para expresar mi opinión al respecto. A todos los niños y mayores que hayáis abandonado la búsqueda de la perfección, os invito a escucharme»

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