El Conde Drácula: un papá sobreprotector

Ayer llevamos a nuestro hijo Gael al cine a ver la película de animación Hotel Transylvania de Sony Pictures. Además de disfrutar un montón de este divertido y alocado film, me sirvió para reflexionar sobre lo perjudicial que puede ser que nos convirtamos en padres sobreprotectores.

Personajes principales de la película Hotel Transylvania de Sony Pictures

La película nos habla de un Conde Drácula temeroso de que su única hija, Mavis, entre de alguna manera en contacto con los humanos. Para ello, construye un hotel de lujo para monstruos con la intención de retenerla y alejarla del mundo exterior, contándole todo tipo de historias aterradoras sobre sus grandes enemigos, los humanos. Cuando Mavis está a punto de cumplir la mayoría de edad (118 años), su padre le prepara una fiesta a la que acuden los mejores amigos de la familia: desde Frankenstein al Hombre Invisible o la Momia; pero accidentalmente, asiste a la celebración un chico bastante atolondrado del que Mavis se enamorará. 

El Conde Drácula con su amada hija adolescente Mavis

En el film, el temido Conde Drácula, adquiere una característica que podríamos considerar «humana». El bebé humano recién nacido es el ser más vulnerable de la creación. Cualquier otra criatura tiene posibilidad de sobrevivir por sí misma sin la ayuda de sus padres. Sin embargo, el ser humano es totalmente dependiente. Llegamos a sentir a nuestros hijos como una prolongación de nosotros mismos y ello protege a los bebés humanos del abandono aunque, al mismo tiempo, puede traernos dificultades de cara a dejarles «volar del nido»

Como madre, muchas veces siento ese impulso sobreprotector y tengo que hacerlo consciente para poder dejar espacio a que mi hijo crezca confiando en sus propias capacidades. La sobreprotección puede llevar a obstaculizar el aprendizaje y, el hecho de querer evitar que pasen por incomodidades o situaciones difíciles, puede llevarnos a impedir que desarrollen su autoestima adecuadamente. 

El psicoterapeuta canadiente Nathaniel Branden en su libro «El poder de la autoestima», la define como «la experiencia de ser aptos para la vida y para sus requerimientos. Más concretamente consiste en: 1. Confianza en nuestra capacidad de pensar y de afrontar los desafíos de la vida. 2. Confianza en nuestro derecho a ser felices, el sentimiento de ser dignos, de merecer, de tener derecho a afirmar nuestras necesidades y a gozar de los frutos de nuestros esfuerzos».

Si tendemos a ser padres sobreprotectores, les estaremos privando de la posibilidad de aprender a afrontar los desafíos de la vida de los que nos habla Branden. Y aunque parezca difícil, podemos como padres empezar a trabajarlo… ¿Cómo?: os sugiero que cada vez que vuestros hijos se enfrenten a un desafío o nuevo aprendizaje os hagáis las siguientes preguntas: ¿es mi intervención estrictamente necesaria en este momento? ¿cuenta mi hijo con las habilidades necesarias para enfrentarse a ello? ¿Qué es lo peor que puede pasar si no lo consigue en sus primeros intentos? ¿Cuáles son las consecuencias a largo plazo de no permitir que lo haga por sí mismo? ¿Y las consecuencias de lo contrario? 

Otra buena alternativa para trabajar con niños o adolescentes que ya cuentan con una buena compresión verbal y mayor autonomía, es actuar con ellos como los Coaches hacemos con nuestros clientes, incentivándoles a través de preguntas a responsabilizarse de sus propios comportamientos y, en definitiva, de sus propias vidas. Ante un nuevo acontecimiento o una toma de decisión, podríamos plantearles cuestiones del tipo: ¿Qué crees que te puede aportar tomar esa decisión, seguir ese camino? ¿En qué te puede beneficiar a corto y largo plazo? ¿qué otras alternativas has explorado hasta el momento? ¿cuáles crees que son los recursos con los que cuentas para afrontar ese nuevo desafío? ¿Consideras que necesitarías adquirir un nuevo aprendizaje para dirigirte a ello? ¿Qué otras opciones podrías considerar? ¿Cuáles crees que son las limitaciones que te vas a encontrar y cómo podrías afrontarlas?, etc…

“Si das pescado a un hombre hambriento, le nutres una jornada. Si le enseñas a pescar, le nutrirás toda la vida” 

                                                                                           Lao-Tsé

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